domingo 5 de julio de 2009

mosquitera

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Como todas las noches y antes de acostarnos, cepillo su melena cobriza. Sentadas delante de la cómoda del dormitorio donde nos contemplamos en el espejo a hurtadillas, mientras mi niña toquetea con sus uñas pintadas de purpurina mis pendientes de perla japonesa y juega con mi barra de lápiz de labios. La ventana está abierta de par de par protegida por una mosquitera que ocupa todo el marco, permitiendo el paso del viento del sur que se bate denso con las hélices que giran cansinamente del ventilador suspendido del techo.

Desde la redondez de su cara infantil que se resiste a abandonar su rostro, rehuye mi mirada y sus pómulos se sonrojan porque tiene palabras en la punta de la lengua que queman y necesitan el refresco de la interrogación. Achucho su moflete con mi mejilla y se lanza a la aventura de preguntar a qué saben los besos. Como una lagartija se ha metido debajo de la cama porque le da mucha vergüenza hablar de cosas tan importantes con un adulto. Me siento encima del colchón que se hunde sobre su posición para que chille y salga como una comadreja de su escondite. La atrapo y la coloco otra vez en la peluquería improvisada pues se ha enmarañado el cabello.

Le doy un tiempo para que calme la sonrisilla traviesa que le ha producido la jugarreta y entonces, mirando a su imagen en el espejo y con cara de inspector, cepillo en ristre como si fuera una cachiporra le digo que los besos saben a…

Hace años que dormimos en habitaciones separadas, tampoco existe mucha diferencia de la época en la que compartíamos el lecho. Su actitud hacia mí es fría e indiferente. Apenas existe el intercambio de palabras entre nosotros. Y he desistido de participar en su planteamiento de diálogo donde no es posible la contradicción. Caminamos a la par pero andamos solos. Él busca insinuaciones en miradas de otros cuerpos y yo busco la nada. Mi alma es un glacial y mi corazón se ha crionizado. Por fuera soy un armadillo y por dentro un trozo de metal que palpita por inercia.

La niña está asustada por mi estado hipnótico, ha enroscado sus brazos al cuello pidiéndome perdón por haberme puesto tan triste. Al final se ha pintado los labios con esta barra de color naranja, con un trazado muy irregular y parece que ha comido espaguetis con tomate. Nos desternillamos las dos mientras le limpio el morrete con una toallita húmeda.

Vuelvo a mi pose de sargento y le afirmo seriamente que los besos saben a piruleta de fresa, a helado de vainilla, a arroz con leche, a galleta de coco, a sorbete de limón… y que por eso hay que tener mucho cuidado con ellos porque producen caries.

Se ríe estrepitosamente y dice que le encantaría probar uno de esos, la acuesto sobre su cama y apago la luz. Enseguida se introduce en el país de los dulces amparada por un sueño relajado y profundo.

Doy las buenas noches al conjunto de actores que estaba destinado a mi cuerpo y espera con ansiedad el momento de su intervención que nunca se producirá: los insectos chupópteros de diversos tamaños, las caricias, los abrazos, los tequieros y los besos que quedaron atrapados desde hace años en la mosquitera de mi vida.

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viernes 3 de julio de 2009

utopía

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Dentro del hospital derretido por el bochorno y la ausencia de aire acondicionado se apretujaban la enfermedad, la desdicha, la esperanza, el dolor, los cambios de turno de enfermería, los médicos de guardia, el retén de emergencia, la centralita, la camarera resignada en la cafetería vacía, el agente de seguridad, los carritos de las bandejas de cenas insípidas y de dietas específicas, los familiares rezagados, las conversaciones fatigosas para los pacientes silenciosos y afortunadamente sedados.

El devenir del hormiguero en cuarentena ensordece atrapado por puertas, ladrillos y ventanas que imposibilitan la salida de su ajetreo al exterior. El aparcamiento descubre grandes calvas de suelo libre, tiznado de aceite y gasolina.

Abajo, la ciudad aprovecha la algarabía que se vive en sus calles engalanadas para la ocasión. Mimos, saltimbanquis, estatuas humanas, bombillas de colores, algodón de azúcar, trepidantes atracciones de feria, pesca de patos, globos de helio que escapan de manos regordetas, desafinos de bandas estruendosas que emergen de distintas calles, confluyendo para regarse con vinos y melodías conjuntas o ignorándose al paso en competición por alcanzar el mayor número de decibelios.

El atardecer es diáfano y caluroso. Las montañas difuminadas con un pastel morado rodean panoramicamente la urbe pintada. El silencio se enturbia mínimante por un intercambio de palabras triviales sobre horarios y travesías que mantienen los cuatro pasajeros que esperan en la marquesina contigua. El autobús apenas tarda unos minutos en asomar su cabeza por la curva. Gira y maniobra para descargar su exiguo contenido y admitir a la nueva remesa ansiosa por unirse al bullicio que imaginan en la falda oculta ahora por la cima donde altanero se erige el centro sanitario.

Me quedo completamente sola, y mientras espero, disfruto del albedrío de los esbeltos chopos que bordean la carretera. Cimbrean sus revoltosas hojas, cada una girando hacia un lado, al igual que sus ramas, que también bailan desordenadamente sin atender al impávido tronco, director de orquesta forzoso, que impotente es incapaz de controlar la sinfonía que de lejos pudiera parecer acompasada. Escucho el sonido de las hojas frotándose entre sí, acariciadas por este viento que también me envuelve con sus dedos de brisa fresca. Sobre mi cabeza hay un árbol cuajado de frutos de una redondez perfecta y granada. No me cobija con su sombra que a estas horas es prescindible, sino con su hermosura intensa y brillante.

Estrené julio tendida sobre un banco metálico como un vagabundo afortunado. Hay tanta paz en este momento, que sería feliz si pudiera permanecer en esta utópica postura durante toda mi vida.

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lunes 29 de junio de 2009

imperdibles

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Sobre la cinta transportadora de la planta de reciclaje que nos conducía hacia el horno crematorio, nos iban despojando de los trozos metálicos y de plástico que por la combustión emanan gases altamente contaminantes y se depositan en el poco aire limpio que le queda a la atmósfera.

Tus ojos apenas se sujetaban en un par de puntos de pegamento a la tela pálida de tu cara y tu sonrisa se deshilacha. Tu cabeza pende del cuerpo por unas puntadas desiguales de lana de distintos colores y se trunca, sin querer, mirándome a mí, que te sigo con el mismo destino fúnebre. Mis brazos cuelgan asidos por imperdibles a mi vestido de mariposa, pero alcanzo a tocar tu mano zurcida que intenta acariciar mis manoplas sin dedos.

El operario de la máscara metálica y el buzo plateado aparta tus zapatos de charol y tu sombrero negro que tira sin miramientos a un contenedor. Nos ha separado tanto que ya no puedo acariciar la felpa de tu cuerpo. Miro aterrada, desde mi obligada postura de cuello fracturado, cómo desarropan tu frágil cuerpo.

Aquel hombre grita algo al resto de trabajadores de la planta de incineración. Te eleva por encima de su cabeza como un trofeo y pregunta al encargado si puede conservarte como curiosidad de coleccionista. Quizás has sido uno esos muñecos con cremallera a la espalda, de los que albergan tesoros infantiles, monedas, muñecos, pijamas, chupetas, libros, o simplemente un monótono disco de frases grabadas y un par de pilas…

El humo del puro del jefe de la sección se acerca vislumbrándose entre la niebla su ojo tuerto. Cuelga la faca de desollar piezas de desecho como nosotros, enfundada en el cordón con el que se sujeta el pantalón del buzo.

-Nada de particular, muchacho, es sólo un muñeco negro.

-Sí señor, pero estaba oculto por una tela de color blanco, ¿no le parece curioso?

-No pierdas más tiempo o lo descontaré de tu sueldo, ¡a la pira, como el resto!

El encargado da media vuelta para seguir supervisando el penoso trabajo de pulverizar los sueños infantiles. A medio camino, voltea el cigarro entre los dedos de la mano y vira sobre sus pasos con la navaja en la mano. Sin miramientos, raja la tripa oscura del muñeco que yace todavía sobre la fría y terrible bandeja metálica. De sus entrañas surge un niño pequeño y asustado.

Aprovechando el desconcierto producido por el sorpresivo contenido del muñeco de distintos envoltorios, sopeso que aunque mis imperdibles están ya oxidados, todavía sujetarán con fuerza mis alas de mariposa. Sin pensarlo dos veces, atrapo al pequeño entre mis manos deformes y en un esfuerzo que me deja sin resuello, sobrevolamos con dificultad para escapar por uno de los cristales rotos de los ventanales que tocan el techo.

Rila y solloza. Para calmar su petición absurda e irremediable, porque es ley de vida, he tenido que jurarle que nunca permitiré que crezca. Extenuada lo arropo entre el calor que desprende mi relleno de mechones de lana. Mis alas se han resquebrajado para siempre, pero por fin, él descansa.

a los niños del mundo que carecen de infancia y sobreviven

SCARED OF THE MOON - MICHAEL JACKSON

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martes 23 de junio de 2009

enamorada de cuatro bloques mal puestos

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Catedral de Burgos - Patrimonio de la Humanidad
Las imágenes son de un donante altruista
(imprescindible leerse un comentario tan dulce)


I Certamen de Cuentos El Correo de Burgos
Título: BOSQUE PETRIFICADO

Napoleón Bonaparte reunió al equipo de ingenieros en la tienda instalada en la Plaza de Santa María. Escuchó las últimas propuestas de ejecución del proyecto en el que les había ordenado trabajar a destajo. Dio un puñetazo en la mesa, desplazando cartabones, compases y plumieres al suelo. Salió maldiciendo a aquel grupo de botarates y ascendió por las escaleras que conducían a la Calle de Fernán González. Se apoyó sobre la balaustrada de piedra y contempló las palomas que revoloteaban perezosas sobre las agujas de la Catedral. La ciudad era fría casi todos los días. Agarró la punta de su capa y la volteó hacia su espalda. Aceleró el paso al ritmo furioso del vaho que emitía su respiración. Giró en varias bocacalles, estrechas y repletas de escalinatas hasta alcanzar el mirador del castillo. Desplegó el catalejo y enfocó las pequeñas fogatas que se divisaban en las eras situadas en dirección norte. Los pequeños reductos de pobladores resistían con persistencia el estoque francés. Era cuestión de unos pocos meses, el que las tropas rebeldes tocaran el inhóspito suelo de la afueras de la capital burgalesa. (Para continuar el relato ir al enlace de abajo "Leer más") Leer más...




Los soldados se dispersaban faenando en las labores propias de campaña. El Emperador entró en el recinto como un rodillo, arrasando la hierba y las intenciones de confraternizar con ningún ser vivo. Su mirada de fiera entrenada como un perro de presa, hacía que sus hombres le esquivaran al paso. Ordenó a su ayudante de cámara que le sirviera una copa de coñac y que hiciera venir a su mariscal de campo.

Tampoco le aportó ninguna información distinta que no supiera. Las tropas fieles a la Corona de España y cada vez más numerosas, estaban cercando el bastión galo. Deberían desalojar la ciudad en menos de dos meses y replegarse hacia los Pirineos. No podía luchar contra la falta de tiempo. Ni podía alargar la estancia de este destacamento que no disponía de los suficientes efectivos para hacer frente al ataque previsto por tantos flancos.

Furibundo, tiró la copa con saña a la chimenea que calentaba la estancia. Una llamarada reverberó insolente, acercando a su rostro briznas tiznadas. Se tumbó sobre el tálamo con el pensamiento obsesivo de hacer suyo el emblema sagrado y estelar que apuntaban sus libros de oráculos.

El día anticipó un brote de revuelta en la zona suroeste de la ciudad. La alarma del centinela despertó a la tropa que desbarató, sin apenas bajas, el conato golpista. Napoleón palpó en el interior de su chaleco el amuleto que conservaba desde su infancia con un gesto imperceptible para los demás. Lo extrajo cuidadosamente y lo restregó entre sus dedos.

Un correo de su hermano irrumpió la concentración de su pensamiento. José le instaba encarecidamente a abandonar la ciudad de Burgos por las tropas que se habían avistado antes de lo previsto, desde todos los puestos fronterizos. Napoleón arrugó el documento entre sus manos y se dirigió al patio de armas. Dispuso el desalojo del Castillo y la disposición en hilera de cañones sobre el mirador apuntando directamente a la prepotente estructura de la Catedral.

Si no podía desmantelar la Iglesia Mayor para su traslado a París, no sería de nadie más. La inmediatez de la situación no permitía más estrategias con sus ingenieros que le habían propuesto un traslado meticuloso, piedra a piedra, de España a Francia, en el ridículo plazo de diez años.

Se deleitó en las filigranas escurridas como grumos de barro, las ojivas, el campanario, la estatua esculpida de cada peana y las figuras grotescas que actuaban de sumideros. Juego de luces y mosaicos translúcidos de un futurible papel de color plastificado. En ese instante, se oyeron los mosquetones de la carga española de infantería que entraba triunfante en la ciudad.

Presa del delirio y la confusión, el Emperador gritó repetidamente hasta quedar afónico, ¡FUEGO!, pero los soldados fueron incapaces de ejecutar sus instrucciones. Movidos por hilos invisibles de compasión ante tan magnánima Señora, giraron al unísono sus cañones hacia el Castillo que les había servido de morada durante la ocupación y bombardearon sus muros. Las torres y piedras se desplomaron y la estructura perdió el esplendor de su fortificación.

Napoleón no volvió la vista atrás. Con lágrimas en los ojos, abandonó la ciudad que había perdido su fortaleza pero no su cielo serpenteado de agujas afiladas.



I Certamen de Relatos de Terror "Edgar Allan Poe"
Universidad de Burgos (Noche Negra 30 mayo 2009)
Título: DER WÄCHTER (EL CENTINELA)

En el año del primer milenio y doscientos veintiuno de Nuestro Señor, en la noche que sucedió y que perteneció al veintiuno de julio, envolvió con su manto invernal y oscuro el histórico día en el que fue colocada en presencia del Rey y su corte, la primera piedra de la que había de ser la más grande y hermosa de la jamás construidas catedrales del mundo conocido. Pasada la una de la madrugada, se presentó en el hogar del arquitecto principal Don Pero Lope de Dieste (ambicioso joven, docto y versado en varios oficios relacionados con su labor), un emisario que en nombre del Obispo Mauricio interrogó durante media velada al artesano sobre el calendario de ejecución y perspectivas de término. Maese desenrolló los planos y expuso que a lo sumo había de durar no menos de varios siglos. El enviado, que ocultaba su tez bajo un sayo negro y hablaba suspendiendo con intención sus palabras, porfió que el obispo se hallaba delicado de salud y que por lo avanzado de su edad, no llegaría ni tan siquiera a conocer los pilares de la planta, y que cualquier hombre dotado de juicio sano para conservar el trabajo, la familia y la posición, habría de encomendar un número mayor de horas para agilizar la empresa. Leer más...

-Señor, no recuerdo el nombre que me indicasteis.

-No os lo ofrecí de mi boca, como ahora mismo no quiero añadirlo, ni os cumple conocerlo. Simplemente debéis facilitarme los datos que se me han encomendado recopilar.

-Vos parecéis conocedor de la materia que nos ocupa…

-Habláis con corrección, pues tengo estudios al efecto y expresamente he sido a tal delegado por si me ocultabais verdad sobre el proyecto.

-Entonces con razón, estáis al tanto del sudor que se precisa para extraer con precisión el pedrusco deforme de la montaña, pulirlo para que su tacto sea suave como la piel de un infante y ascenderlo por andamios con esfuerzo y tesón para subir un tanto. Ni que decir tiene que si hay que tallar filigrana en la piedra, el trabajo se torna minucioso y cuesta más de cinco jornadas alcanzar el detalle al completo.

-Quizás es que vuestros hombres son ancianos para este sacrificio desmedido.

-Sea que la mayoría están ya maduros pero son avezados expertos y con conocimientos imprescindibles que no aparejan la fuerza ni el entusiasmo de juventud.

- Con esa caterva no conseguiréis vuestros objetivos y seréis mortificado por incumplimiento. Vos y vuestra prole, no olvidéis la amenaza.

-No se encuentran braceros que laboren por nada y no puedo abonarles más del tanto acordado en el presupuesto que se me aceptó en su día.

-¿Y si yo os procurase mano de obra que paliase lo que vuestros envejecidos asalariados no pueden soportar ya sobre sus lomos?

-Desconozco el mercado donde se encuentran semejante dádiva…

-No habita, pero yo mediaré para que se genere.

-Ni comprendo cómo obrarías tal hazaña ni se me alcanza cómo podría recompensaros.

-Esa sí es la pregunta que debéis hacerme y que esperaba oír de vuestros labios. Veréis artesano… ¿conocéis un fenómeno natural denominado simbiosis?

-Jamás oílo por estas tierras. ¿Acaso es una enfermedad o una peste?

-Erráis la respuesta, pues es un mutuo beneficio. Os proporcionaré dos mil pares de brazos y manos para que finalicéis la obra en menos de diez años.

-Ni que fueran diez mil los pares sería harto.

-Su fortaleza es inconmensurable.

-No podré alimentarlos ni abonarles soldada.

-No os preocupéis, por no ser de este mundo no urgen necesidades terrenales.

-Me asustáis padre.

-Quizás, si vierais mi rostro, no usaríais ese nombre tan gratuitamente.

La figura se despojó de la capucha que lo cubría y reveló una tez enrojecida de animal con florecientes apéndices córneos sobre un cráneo amorfo. Don Lope de Dieste sintió flaquear sus piernas y se agarró a la silla para evitar su desplome. Pálido su cuerpo como grumos de cera, retrocedió para atrás buscando el refugio de la chimenea.

-No es posible que os envíe el Obispo, Satanás.

-Circunspecto os mostráis, esa verdad es insondable, sólo se aprovecha la ocasión y oportunidad del plazo que os han impuesto para culminar vuestro cometido que en las presentes circunstancias se verá contrariado.

El artesano reflexionó durante unos minutos pensando en la realidad que portaban estos argumentos, pues sus obreros, aunque se contaban entre los más destacados, abotargaban ya sus pulmones el polvo de la piedra y a la mayoría dellos ya no les llegaba el resuello. Seguramente, sería despedido a mitad de año, pues ya había oído hablar de un francés que traía una cuadrilla considerable de oficiales dispuestos a ganarse la plaza. Sudoroso y atenazado por el miedo, preguntó al diablo cual era el requisito que pretendía.

-Ahora expresas con inteligencia tus temores, humano. Mi único fin es el que la historia me atribuye y no es otro que el de apropiarme del mayor número de almas.

-No veo cómo, si se me permite la osadía.

-Tan sólo tendré que colocar un centinela a la entrada de la nave y todo aquel que pase bajo su mirada pasará a pertenecerme eternamente.

-Jamás podrá ser lo que decís, pues el terreno será bendecido por la mano de Dios.

-Por eso os necesito, para que coloquéis la figura de la que os haré entrega antes de la inauguración. No hace falta que firméis el contrato en este preciso instante. Mañana en la mañana os enviaré lo prometido, si aceptáis tocad el hombro del que se dirija a vosotros como encargado de todos ellos y a partir de ese instante, nuestro pacto estará sellado. Ahora os dejo para que meditéis sobre mi generosa oferta. Vos seréis el primer hombre que desempeñe tamaña aventura propia de divinos. Vuestra proeza os propiciará riquezas, poder y el emplazamiento social que merecéis.

La casa quedó en penumbra y el artesano sumido en el desconcierto, el temor y su vanidad. Conciliando a duras penas el sueño y por breves intervalos, despertó desazonado y con recuerdos de ensoñaciones donde de la noche habían surgido fantasmas amorfos y amenazantes.

Antes de amanecer, al llegar a la plaza, el frío estremecía los huesos y el cielo amenazaba tormenta. Comenzó la faena con la distribución y seguimiento de los distintos oficios. El Obispo también se había despertado temprano para supervisar las obras. Se acercó al arquitecto y frotándose las manos, departieron sobre la fecha de finalización. Miró hacia arriba donde sólo había aire y fue incapaz de concebir cómo se las iba a ingeniar para alzar los bloques hacia el cielo en tan poco tiempo. A media mañana, una multitud de fornidos titanes capitaneados por uno que parecía extranjero se dirigió con paso rítmico hacia donde él impartía órdenes a su equipo. Maese Pero, acuciado por el discurso de la noche y las premisas eclesiásticas, tocó aquel hombro como se le había sugerido e inmediatamente los hombres tocados por fuerzas invisibles, bregaron con los pesados bloques de piedra.

El Obispo, que había concebido este proyecto en su imaginación para los siglos venideros, agradecía jubiloso el crecimiento progresivo de muros, ojivas, dinteles, arcadas que orgullosos ascendían hacia la bóveda celeste. Su única y última voluntad, la de bendecir su proyecto más ambicioso, se tornaría en realidad.

Un mes antes de que se cumplieran nueve años contados sin que se sucedieran los estíos, Don Lope de Dieste, recibió en su casa una figura de madera de un hombre con una cara semejante a un grotesco polichinela, decorado de forma extravagante con perilla, bigote y una sonrisa perversa que mostraba enormes piezas dentales. Tocado con un extraño sombrero y vestido con una casaca roja de botones dorados y verdes cuellos y puños, agarraba en su diestra un documento incomprensible atravesado de líneas y círculos. Dentro del arcón donde había viajado se incluía un documento enrollado que así rezaba:

“Estimado Maese, como acordamos, he cumplido mi parte de nuestro contrato y podrá entregar la catedral en un tiempo que ningún ser humano ha concebido hasta ahora. A cambio, deberá instalar la presente talla en una de las entradas, antes de que el Obispo bendiga la iglesia”.

Cuando finalizó la lectura, el papel se desintegró en el acto y el arquitecto salió despavorido de la casa pidiendo auxilio a sus vecinos. Tardó varias horas en regresar a su hogar aterrorizado por la siniestra figura. Los minutos se hicieron horas en una velada nocturna interminable. La cara lo escudriñaba desde cualquier ángulo. Pasó toda la noche en blanco pensando el lugar oculto dónde habría de ubicarlo. Cuando el gallo anunció el alba Maese Pero no había conseguido cerrar los párpados para apagar su insomnio. La claridad le reconfortó con un recóndito orificio donde emplazar al monstruoso personaje y cumplir con el pacto. Ordenó a varios operarios que embalaran la talla y la trasladaran hasta la Puerta de Santa María, cuya nave estaba destinada al culto y dónde había dejado un hueco a la altura del triforio por encima del reloj provisto con un mecanismo de campana para anunciar a los feligreses los santos oficios. Había una altura considerable como para que nadie provisto de afilada y aguda vista pudiera discernir la terrorífica faz del monigote. Al atardecer, al amparo de la soledad del crucero y sus capillas, donde las vidrieras filtraban la tenue luz de la luna y de las teas que alumbraban la plaza colindante procurando un juego de sombras que disolvían y distorsionaban los colores sobre el suelo, rodeado por las caras pétreas y el silencio que ahogaba con su ruido ensordecedor, incrustó a golpe de maza y temeroso de su eco la tenebrosa efigie en el agujero situado encima del reloj y que había sido considerado para desde allí arreglar su mecanismo. Dando por conclusa la obra y cerrando a cal y canto la bellísima y descomunal iglesia, sin dejar de mirar atrás, pues sentía de cerca una presencia que lo apremiaba, se apresuró por las desiertas y lúgubres callejuelas, hasta alcanzar el domicilio del Obispo, que era un anciano ya, para hacerle entrega y depósito de las llaves como señal de término y fin. Don Mauricio emocionado por la descomunal y magnífica obra realizada en tan brevísimo periodo de tiempo, le comunicó que en el acto de inauguración y consagración de la nave, que se había acondicionado para el sábado treinta de mayo del año mil doscientos treinta que era el presente, se comunicaría a la población el noble nombramiento real aparejado de parabienes y riquezas que se le había otorgado por designio real.

En el día señalado, la plaza estaba atiborrada de feligreses que maravillados esperaban a que se abrieran los enormes portones. Don Lope de Dieste, a pesar de ser el día más importante de su vida, pues su vanidad como hombre había alcanzado su cumbre y cenit, lucía un aspecto lúgubre e insano. Su piel mostraba un aspecto macilento, había adelgazado ostensiblemente, y las ojeras marcaban profusamente su rostro que no cesaba en elevar la vista a la cúspide. Pero no era la preciosa bóveda esculpida lo que observaba, sino al maligno ídolo, que mostrando una sonrisa desafiante, con la mirada fija en él, había cobrado movimiento para asir la cadeneta de la campana que estaba fija sobre su brazo derecho. Según iban entrando los campesinos, el maniquí fue tañendo la campana, sonido que los ciudadanos recibieron con algarabía por la inauguración. Cuando todos ellos hubieron entrado y antes de que el santo padre bendijera a los presentes, las puertas se cerraron misteriosamente y el centinela del diablo, salió de su agujero agrandando notablemente sus dimensiones y asustando a los inocentes con su gesto diabólico. Una extraña música se adueñó de la enorme caja de resonancia que era la Catedral mientras su boca, que ahora era inmensa, se abría y cerraba hambrienta de almas. Maese Pero, hincado de rodillas, furioso consigo mismo y con lágrimas en los ojos, conminó al demonio a salir, al grito de cobarde y maldito, rogándole tuviera piedad por los inocentes que les acompañaban. Agarró la antorcha que pendía del muro lateral y fue quemando todo el material combustible que encontró a su paso. El centinela apercibido de la maniobra de Maese Lope, lo empujó con su fuerza sobrenatural, agarrándolo del cuello y arrastrándolo muro arriba. El Obispo Mauricio, que contemplaba con horror la escena dantesca que se estaba produciendo ante sí, comenzó a entonar oraciones y salmos a la par que bendecía el recinto por el que luchaba el diablo. La catedral, estaba ardiendo por todos sus flancos. Maese Lope imploró desde su grillete invisible para que todos ellos abandonaran el recinto y salvaran la vida. Sin embargo nadie pudo salir de allí. Se formó de la nada un huracán que arrastró sus cuerpos, girándolos en un remolino infernal que finalmente los fue diseminando por la estructura arquitectónica, atrapándolos para siempre y transformándolos en grabados dantescos y perennes de sus arquivoltas, tímpanos, escalinatas, columnas, gárgolas, y demás elementos decorativos como trofeos de piedra. Las llamas reverberaron durante días hasta que se extinguió la pasión que lo había devorado todo. Una densa y negra nube inundó la villa y la lluvia de pavesas y cenizas extendió su estela por los campos de cereal que cercaban el burgo. De entre los restos, se hallaron un estrafalario espantajo que se envió a restaurar a un afamado taller veneciano y un sarcófago que contenía un desmemoriado Obispo que no recordaba nada de lo sucedido y que milagrosamente, no había sufrido daño alguno. Años después fallecería consumido por tortuosas alucinaciones y fiebres.

Me consta que de aquellos extraordinarios sucesos no existe más testimonio que el de este testigo mudo de excepción que fui y que ha vivido lo suficiente para transmitir con detenimiento y detalle la verdadera y única historia de la Catedral de Burgos… además… ¿quién iba a creer a un cuervo como yo?


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lunes 22 de junio de 2009

El saber no ocupa lugar

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Los microcuentos serán de temática libre y se valorará su maestría literaria y su
capacidad radiofónica, así como la incorporación de La Radio en el relato
y cualquier tema relacionado con las Bibliotecas y con la Astronomía, con
motivo de la celebración de 2009 como su Año Internacional.
La extensión máxima de los relatos será de 300 palabras.

(mi relato no ha sido finalista)
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EL SABER NO OCUPA LUGAR

El ruido silencioso de la Biblioteca era ensordecedor. Algún que otro bolígrafo caía repentinamente espantando la concentración con su repiqueteo continuo sobre la mesa corrida de lectura mientras las miradas se dispersaban entre los libros de distinto pelaje y los usuarios caprichosos que perdían sus horas entre papeles e ilustraciones encuadernadas. Encendí mi pequeña radio imperceptible para las miradas curiosas, y sintonicé Radio Cósmica, un canal elitista que bombardeaba curiosidades científicas para mentes inquietas. “Buenos días amigo lector que te encuentras buscando información sobre el padre de la teoría de los gusanos temporales”. Me reí para adentro pues mi descabellada tesis versaba sobre la posibilidad de viajar a otras dimensiones y galaxias situadas en las antípodas de nuestro espacio conocido mediante trepidantes e hipotéticas montañas rusas espaciales. El locutor siguió con su incansable verborrea radiofónica. “Pierdes el tiempo en esos legajos escritos por aficionados. En el estante del fondo, en la penúltima balda, hay un pequeño libro de pastas negras. Te costará dar con él por su reducido tamaño”. Miré en derredor, estaba seguro de que se estaba dirigiendo a mí. El resto de usuarios permanecía ajeno a mi estado de excitación. Contemplé con hastío el número de volúmenes que había recolectado para mi proyecto. Dejé mi radio portátil con el resto de mis utensilios. Nada tenía que perder acercándome hasta la zona recomendada. Después de una hora de infructuosa búsqueda, y al desplazar el resto de unidades, cayó al suelo un libreto de labrada encuadernación. Se abrió por el medio y se desplegó un remolino oscuro con formato de papiroflexia que parecía activo. Al acercar mi rostro a la oquedad, me succionó a su interior. Después de la deglución el libro plegó sus pastas.

La bibliotecaria se instaló el auricular olvidado y miró al fondo..., hacia la última balda.

(me lo pasó mi querida MAFI, por participar, que no quede...)


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sábado 20 de junio de 2009

no siempre saber elegir

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Todos los sábados colgada de su brazo, acompañaba a la madre a la plaza e íbamos siempre a la misma casquería a por los trozos de sustancia que yo detestaba pero que ciertamente daban buen sabor a un grano de arroz que por sí mismo es insípido y anodino. El propietario era un charlatán que se expandía más de lo necesario puesto que contemplar su museo de los horrores colgando de los ganchos y su exposición de vísceras tras el mostrador era algo truculento para la cabeza estirada por mi par de coletas tiesas.

Mientras fileteaba un hígado, el carnicero no cesaba en su monólogo y hacía disertaciones principalmente sobre el riñón que era el órgano más delicado, y que aunque tenía mala prensa por pertenecer al aparato excretor, y estaba asociado a los actos que repudiamos por naturaleza pero necesarios para el hombre, era el encargado de filtrar las impurezas. “Pero no sólo eso (ahora estaba haciendo tacos a una asadura, momento en el que solía mirar a la frutería de al lado para no perder el conocimiento) y esto no lo saben los doctores del honor y la causa, el riñón es el almacén de los sentimientos. Sí, sí, no pongan esa cara de asombro mis queridas señoras. El corazón tiene tanto protagonismo que se apropia de honores y méritos ajenos, pero es en el riñón donde se alberga el amor, y allí se mima y limpia de asperezas y piedrecitas que puedan dañarlo. Por lo tanto, no se extrañen si después de haberse almorzado un revuelto de huevo y riñón, se ríen como locas o lloran desconsoladamente”. Menos mal, que él ya nos había dado las vueltas y había tenido la gentileza de limpiarse antes las manos en el mandil.

Tras la perorata me desagradaba sobremanera ver el riñón entre el sofrito de ajitos laminados, aros de cebolla, tiras finas de pimiento verde y el resto de menudillos enharinados que con la cuchara de madera pochaba la madre en el aceite de oliva a fuego lento. A veces añadía una sepia despellejada y troceada, cien gramos de chirlas, seis mejillones y una docena de gambas. Luego echaba un chorretón de vino blanco, salpimentaba y hundía una hojita de laurel. Se doraban los encuentros y agregaba tres vasos de agua con una pizca de colorante alimentario y unos puñados de arroz para hacer la paella del domingo. A los veinticinco minutos, los tropezones se los comía ella.

Siempre estaba afligida. Sus ojos tenían el resplandor exiguo e intermitente de un anciano al que se le va apagando la vida, aunque cantaba constantemente melodías desoladoras. Sonreía muy pocas veces, y cuando lo hacía, no había alegría en sus gestos sino melancolía y desdicha. Yo no comprendía por qué mi padre no se comía a mi madre si era más hermosa que las descoloridas actrices que aparecían por el televisor y a las que besaban de una forma antropófaga (hasta que me explicaron que los besos son así y que no tuviera miedo si me daban uno)

Y debía ser, que la pena tan profunda que dominaba a mi madre residía en todos los tropezones que se había tenido que tragar a lo largo de su vida, y que los riñones que le habían tocado en suerte, era sin duda, los más agrios y emponzoñados.


No siempre saber elegir"

Mago de Oz
Rosa de los Vientos

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jueves 18 de junio de 2009

15 millones de grados kelvin

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Érase que se era, hace muchos, muchísimos años, una isla con una villa poblada de pequeños villanos, y un habitante que destacaba del resto por su estatura, bondad y complexión. Tales eran sus dimensiones que su sólo aliento provocaba vendavales, su caminar pausado pequeños desplazamientos de placas tectónicas y el ejercicio de su pensamiento producía una energía tan poderosa que originaba tormentas de ideas cargadas de iones positivos y negativos que vareaban el espumillón de relleno de la cavidad craneal de los pobladores diminutos que no necesitaban para su vegetativa andadura tanto desconcierto.

El gigante formidable, que como todos los maravillosos seres que poseen algún destello extraordinario que los distingue del resto, se sentía muy desdichado por su grandiosa e involuntaria diferencia, y por no perjudicar ni dañar a los otros habitantes, decidió recluirse prudencialmente en el cráter de un altísimo volcán que gobernaba el islote y que tiempo ha, había dejado de vomitar puré condensado de pulpa de calabaza candente e incomestible.

Cuando coronó la cima de su desolador y futuro hogar, atisbó otras manos que asían el borde lejano y opuesto y que a esos dedos seguían brazos, y cara y piernas y cuerpo, y que aquel ser que se acercaba en dirección contraria a su encuentro, atraído por la misma curiosidad e impulso, no se asustaba de su apariencia, ni de sus zancadas, ni de su respiración fatigosa por el esfuerzo, ni de su fluir de pensamientos. Y cuando no quedó un palmo más por explorar del diámetro que entre los dos radios habían constituido, pues ambos estaban en el epicentro, se percataron de que eran igual de diferentes que el resto.

Él se sumergió por la abertura de la cueva de sus ojos como un espeleólogo esquivando las estalactitas apelmazadas de ternura. Ella buceó entre sus grutas sorteando las estalagmitas repletas de afectos. Y mientras un hombre y una mujer al fin y al cabo, sean del tamaño que sean, se descubrían y amaban, se formó un remolino por encima de sus cabezas que derivó en un huracán, y por debajo de sus pies, despertó el rugido del volcán adormilado, rasgando la cicatriz del cráter para derretir a los amantes que con tanto calor se unían en bellísimas columnas de carbonato cálcico. Y fue esa pasión, la que provocó una erupción tan magnánima que arrasó a los villanos y sus tierras, y continuó su expansión devastadora bajo el mar, devorando la flora y la fauna, y alcanzando tal punto de ebullición que evaporó el océano convirtiéndose todo el planeta en una roca estéril y oscura.

Y esta es la única y verdadera historia de la Luna, y lo que no imaginas es que en su interior, se producen reacciones de fusión nuclear que para la ciencia son inverosímiles e inexplicables. Y es que el amor mueve montañas, y nadie sabe cómo.

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