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Como todas las noches y antes de acostarnos, cepillo su melena cobriza. Sentadas delante de la cómoda del dormitorio donde nos contemplamos en el espejo a hurtadillas, mientras mi niña toquetea con sus uñas pintadas de purpurina mis pendientes de perla japonesa y juega con mi barra de lápiz de labios. La ventana está abierta de par de par protegida por una mosquitera que ocupa todo el marco, permitiendo el paso del viento del sur que se bate denso con las hélices que giran cansinamente del ventilador suspendido del techo.
Desde la redondez de su cara infantil que se resiste a abandonar su rostro, rehuye mi mirada y sus pómulos se sonrojan porque tiene palabras en la punta de la lengua que queman y necesitan el refresco de la interrogación. Achucho su moflete con mi mejilla y se lanza a la aventura de preguntar a qué saben los besos. Como una lagartija se ha metido debajo de la cama porque le da mucha vergüenza hablar de cosas tan importantes con un adulto. Me siento encima del colchón que se hunde sobre su posición para que chille y salga como una comadreja de su escondite. La atrapo y la coloco otra vez en la peluquería improvisada pues se ha enmarañado el cabello.
Le doy un tiempo para que calme la sonrisilla traviesa que le ha producido la jugarreta y entonces, mirando a su imagen en el espejo y con cara de inspector, cepillo en ristre como si fuera una cachiporra le digo que los besos saben a…
Hace años que dormimos en habitaciones separadas, tampoco existe mucha diferencia de la época en la que compartíamos el lecho. Su actitud hacia mí es fría e indiferente. Apenas existe el intercambio de palabras entre nosotros. Y he desistido de participar en su planteamiento de diálogo donde no es posible la contradicción. Caminamos a la par pero andamos solos. Él busca insinuaciones en miradas de otros cuerpos y yo busco la nada. Mi alma es un glacial y mi corazón se ha crionizado. Por fuera soy un armadillo y por dentro un trozo de metal que palpita por inercia.
La niña está asustada por mi estado hipnótico, ha enroscado sus brazos al cuello pidiéndome perdón por haberme puesto tan triste. Al final se ha pintado los labios con esta barra de color naranja, con un trazado muy irregular y parece que ha comido espaguetis con tomate. Nos desternillamos las dos mientras le limpio el morrete con una toallita húmeda.
Vuelvo a mi pose de sargento y le afirmo seriamente que los besos saben a piruleta de fresa, a helado de vainilla, a arroz con leche, a galleta de coco, a sorbete de limón… y que por eso hay que tener mucho cuidado con ellos porque producen caries.
Se ríe estrepitosamente y dice que le encantaría probar uno de esos, la acuesto sobre su cama y apago la luz. Enseguida se introduce en el país de los dulces amparada por un sueño relajado y profundo.
Doy las buenas noches al conjunto de actores que estaba destinado a mi cuerpo y espera con ansiedad el momento de su intervención que nunca se producirá: los insectos chupópteros de diversos tamaños, las caricias, los abrazos, los tequieros y los besos que quedaron atrapados desde hace años en la mosquitera de mi vida.
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